martes, 2 de septiembre de 2008

"El trabajo endulza la vida; pero no a todos les gustan los dulces"
Victor Hugo

martes, 26 de agosto de 2008

"Es tremendo pretender que la segunda opción es la primera opción. Pretender que no necesitas amor, cuando lo necesitas, o pretender que te agrada tu trabajo cuando en el fondo sabes que eres capaz de más". Doris Lessing

lunes, 25 de agosto de 2008

El gran banquete

“¡No puedo volver a la oficina!” le dije a Flor, mientras me reclinaba hacia atrás y desabrochaba con disimulo el botón del pantalón. “¡Creo que comimos demasiado!” agregó ella y saboreó el último sorbo de cachamay.

Aquella tarde, después de la comilona, había decidido no mirarme en el espejo. Pensé que si me veía directamente proporcional a como me sentía, estaría impresentable. Y lo peor que puede haber, es una recepcionista que se le cierren los ojos cuando alguien le habla o que se le note el botón desabrochado del pantalón. Así que fui al baño, me lavé la cara con agua fresca para despabilarme y haciéndome la distraída engañé al espejo. Eso sí, respiré hondo, subí el cierre y pasé el botón por el ojal, escondiendo mi barriga bajo el saquito.

Ese día no nos cruzamos en toda la tarde. No sabía si Flor se había quedado dormida en la sala de reuniones o había podido digerir con rapidez todo lo que había comido y estaba concentrada atendiendo a sus clientes.
A pesar de haberme lavado la cara, me sentía tan llena que lo único que quería era tirarme un ratito a descansar. Pero eso era imposible; el trabajo en la recepción de aquel noveno piso no me daba ni un respiro. El tránsito de gente era continuo. Cadetes, gerentes, compañeros de otros pisos, clientes. Y todos eran recibidos por la recepcionista, o sea yo.

El lugar en donde encontrábamos el éxtasis se llamaba Granix. Calculo que era el restaurante de la conocida marca de galletitas. Estaba ubicado justo a la vuelta del banco, sobre Florida. De afuera no decía nada, pero luego de subir unos cuantos escalones estaba el paraíso. Era tenedor libre. ¡Tenedor libre de comida natural! Claro, con esa excusa probábamos todos los platos, algunos hasta los repetíamos; total era comida sana y había que aprovechar el sistema libre.
¡Me pregunto qué vacío intentaba llenar en ese entonces con tanta comida maravillosa! Pero de última, no era la única, Flor tendría el mismo vacío, porque estaba siempre dispuesta a acompañarme.

No recuerdo bien, por cuantos meses fuimos Granix-adictas. Pero si recuerdo cuánto lo disfrutamos. Mientras nuestras curvas fueron tomando formas inesperadas, la amistad con Flor también creció. Y siguió creciendo hasta después de haber seguido caminos diferentes.

Hoy, once años después, ya no existe el restaurante Granix en la calle Florida. Tampoco existe el banco en donde tuve la experiencia de mi primer trabajo. Sin embargo, la amistad con Flor continúa viva. Y cada tanto, cuando nos vemos, solemos recordar aquellos momentos de dicha, de charlas entre plato y plato y mucha complicidad.

Gracias por todo

El día que tomé la decisión de renunciar a mi trabajo me sentí liberada. Me costó mucho tiempo y valor; pero cuando tuve la certeza de lo que quería hacer, me sentí bien y todavía mejor cuando se lo comuniqué a mi jefe.
Entré a su oficina. Estaba sentado en su silla de pana con apoya cabeza. Recuerdo que sólo alzó la vista para ver quién había entrado. Luego volvió a la misma posición y continuó con la lectura. “Esperame un segundo”, me dijo.
Me quedé parada frente a él, observando cómo seguía la lectura con el dedo y movía la cabeza con gesto de desaprobación. ¿Qué estaba leyendo? Una nota en policiales. Antes, me hubiese molestado esa actitud descortés, pero aquel día, era mi día.
Mientras esperaba que el señor terminara la lectura, repasé una y otra vez el comienzo de mi discurso; una leve introducción, luego la noticia.
Cuando su dedo y sus ojos llegaron al final de la crónica, supe que había llegado el momento. Cerró el diario, bebió unos sorbos de café cortado en vasito de plástico que parecía frío y recién en este momento, hizo un gesto indicando que me sentara.
Con la misma cara de naipe que suelo poner a veces y sin dar muchas vueltas al asunto, le anuncié que había decidido irme de la empresa.
Todavía recuerdo la reacción que tuvo. Se inclinó hacia atrás con sillón incluido, luego volvió hacia delante como queriendo saber si había escuchado bien. Después se llevó la mano a la cabeza y con el índice se rascó la pelada.
No me preguntó el por qué. Pero superado, dijo, “… me lo imaginé, me lo esperaba tarde o temprano… se que no estás cómoda y que tenés otras aspiraciones… sos una excelente persona y trabajas muy bien… me da pena que nos dejes”

Bueno. Por un momento pensé que me estaba cargando. ¿Por qué en diez años nunca me había dicho lo que pensaba sobre mí? ¿Por qué jamás me sentí valorada? Y “si tarde o temprano se lo esperaba”, ¿por qué no hizo algo para mejorar mis condiciones?
En varias oportunidades, me pregunté si mi desempeño sería el esperado, si estaba haciendo las cosas bien. Porque a veces no me alcanzaba con lo que yo creía. En muchos momentos hubiera necesitado una palmadita en el hombro, un poco de estímulo y reconocimiento.

Una década es mucho tiempo. Es verdad que el descontento y la queja me acompañaron en los últimos años y la falta de motivación también. Pero algunas amistades, afectos, buenos recuerdos y aprendizaje, también formaron parte del bagaje de cosas que me llevé de esta experiencia.

Esa fue mi última semana de trabajo. El viernes me despedí de mis compañeros, de mi escritorio, mi mueblecito, de los lugares que frecuentaba. Me sentí querida. Me sentí gratificada. Pero a la vez, una puntada de nostalgia me pinchaba el corazón. Me di cuenta que el reconocimiento había llegado. Llegó cuando dije que me iba, cuando saludaba uno a uno a mis compañeros, a otros gerentes, al personal de otras áreas. Y llegó por parte de mi jefe, exactamente aquel día, cuando fui por última vez a su oficina y le dije gracias por todo.

No voy a echarle toda la responsabilidad por haberme ido a la falta de reconocimiento. Fue una sumatoria de cosas y como dijo mi ex jefe, tarde o temprano iba a llegar (y llegó). Pero estoy convencida que un halago a tiempo (merecido, no hablo de falsas adulaciones), una muestra de agradecimiento, una cuota de motivación me hubieran mimado un poco la autoestima y eso me habría ayudado a continuar trabajando
con mayor entusiasmo y compromiso.

No te guardes los halagos.

martes, 19 de agosto de 2008

"Algunos jefes son como las nubes, si desaparecen, el día se vuelve maravilloso"

miércoles, 13 de agosto de 2008

Tu admirador

Me llamaron de la recepción. Dejé lo que estaba haciendo y acudí de inmediato. Marianita, la recepcionista, estaba eufórica y tenía una mirada picaresca que todavía recuerdo. “Llegó esto para vos”, dijo y me entregó un ramo de rosas blancas. "Las trajeron de la florería, ¿te las manda tu novio?”, preguntó. “No, imposible, yo no tengo novio”, respondí, mientras arranqué de un tirón, el sobrecito que estaba abrochado al papel celofán. “Gracias, Marian”, di media vuelta y me fui. Apoyé el ramo sobre el escritorio. Las rosas eran frescas, delicadas, dulces, hermosas. El sobre contenía una tarjetita color arena en donde decía: “Para la más bonita, tu admirador”.

“Bueno, bueno, ¿en qué andarás?”, dijo mi jefe en un tono tan alto de voz, que en medio minuto estaba rodeada por algunos compañeros. ¡Pero que chusmas!, pensé. Me puse colorada, no lo pude evitar. Era verdad que no tenía novio, pero quizás lo estaba por tener. Guardé la tarjeta en mi cartera y puse el ramo a un costado. Cuando me aseguré de que todos habían regresado a sus actividades, tomé el teléfono y marqué su interno. “Muchas gracias, son hermosísimas”, dije. Pero del otro lado sólo hallé duda y desconcierto. “¿De qué me estás hablando?”, preguntó Federico.
“¿Cómo… no fuiste vos quién me envió el ramo de rosas?”

Federico trabajaba en la empresa pero en otro edificio. Yo había escuchado sobre él -cosas no muy buenas- pero nunca antes lo había visto, hasta aquel lunes que me lo presentaron; Federico comenzaba a trabajar en nuestra oficina. Antes de cruzar una palabra me pareció un rico chico, después de hablar, insoportable. Tipo arrogante si los hay, creído como el sólo, pensé.
Al mes estábamos saliendo. Solita me enganché en sus peleas, en los jueguitos que hacía para fastidiarme, hasta que terminé perdiendo una apuesta y aceptando ir a bailar. Por ser una primera salida, fue muy divertida; por esa razón, las comenzamos a repetir.Nadie en la oficina sospechaba de nuestro romance. Reconozco que guardo buenos recuerdos de ese momento. Lo oculto tiene un sabor muy especial.

Cuando ese día, recibí el ramo de rosas blancas supuse, por lógica, que se trataba de Federico. Pero me equivoqué; ¿quién podría ser "tu admirador"? Pasaron las semanas y si mal no recuerdo era viernes cuando Mónica me llamó desde la recepción. Marianita estaba enferma y ella la cubría por ese día. “Llegó esto para vos”. Era otro ramo de flores; margaritas amarillas. También mis preferidas, es que amo las flores. Como pensé que era Fede, pasé apropósito por su escritorio y le guiñé un ojo con complicidad, pero su cara me lo dijo todo. ¡Otra vez el admirador! La tarjetita era blanca y además de las iniciales de la florería, decía: “Para la más bonita, esta tarde te llamo. Tu admirador”. Guardé con rapidez la tarjeta en el bolsillo del pantalón. Ya no me agradaba tanto misterio. A parte, Fede estaba furioso, su ego ultrajado; ¡cómo podía ser, que alguien antes que él me regalara flores!
Cinco de la tarde, suena mi teléfono; era interno. Atendí con disimulo, seguramente era Fede para arreglar la salida de la noche. Pero no. “Soy Javier Díaz, tu admirador” dijo y eso bastó para dejarme más muda de lo que soy. “¿Tomamos un café a la salida?”
Javier Díaz. Alto, pelo castaño oscuro, algo mayor, de cuentas corrientes. Lo había visto un par de veces en el buffet, pero tenía la costumbre de no devolverme el saludo. En una fracción de segundos que se hicieron interminables, reaccioné. “Muchas gracias. Las flores son hermosas y te agradezco mucho la atención, pero no puedo aceptar la invitación”. Tragué saliva. Fui sincera y políticamente correcta. Es que había comenzado a percibir algo que me molestaba. Javier Díaz, el mismo que me había dejado con el saludo en la boca en varias oportunidades, se estaba haciendo el canchero. ¡Y el tono de voz! Utilizó un tono de voz, como remarcando que yo le debía algo, quizás aceptar el café, por todos los ramos que me había enviado. No lo se.
“¿Esa es tu respuesta? Hagamos de cuenta que nunca te llamé y que nunca te mandé las flores”, refutó ofendido.
Ese fue el final de la historia. Porque Javier Díaz, identificado como “Tu admirador”, me cortó. Y nunca más me saludó. Al menos fue coherente, ¡nunca antes lo había hecho!
Respecto a Federico, nuestro secreto duró un par de meses, hasta que una compañera, experta mequetrefe, nos descubrió y lo hizo voz populi. Pero esta historia la dejo para más adelante.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Ojos bien abiertos

Se llamaba Diego. Diego tenía alrededor de veinti cuatro años y entraba en la categoría de joven profesional en vías de desarrollo. Hasta ahí estamos de acuerdo. El problema que tenía Diego, va, que yo y el resto teníamos con él, era el siguiente: Diego era demasiado chusma. Si se acercaba para saludarte, no tenía ni el más mínimo reparo y clavaba su mirada en la pantalla de tu computadora. El quería saber vida y obra de todos en la oficina. Si justo estabas leyendo algo privado, respondiendo un correo o jugando un solitario, ¡peor! El te sugería como armar la escalera, te aconsejaba sobre cómo pedirle perdón a una amiga o como dirigirte al señor Martinez, Gerente de Planeamiento.
El clásico de Diego era hacerse el solidario y servicial con los compañeros, especialmente cuando algún jefe andaba cerca. Pero cuando este se alejaba, el gran actor volvía a su rutina y te dejaba sola guardando las resmas de papel en el armario, por citar un ejemplo.
Después de compartir tres años de oficina, llegué a la conclusión de que Diego no era malo, si muy chupa media. Diego le chupaba las medias a toda la jerarquía superior, en especial a nuestro jefe. A veces pasaba horas sentado en su oficina charlando de autos y vaya a saber una de qué otras cosas. Un día me di cuenta que a Diego le faltaba ponerse la minifalda, un buen escote en v y ser mujer, claro. El era la típica trepadora calentona, pero en versión masculina. Pero Diego tenía muy claro su objetivo; quería un ascenso o un cambio de sector.
Pasaron tres años. Cada vez más alejado del resto de los compañeros, él seguía al pie de la letra su libreto y no le importaba nada, excepto el logro de su objetivo.
Un día salí del baño y me encontré a Pedro con las manos en la masa; estaba charlando bajito con otro compañero. Lo que verdaderamente hacía era radio pasillo, su especialidad. -¿Te enteraste de la novedad? Parece que a Diego le dan el pase a Marketing- me dijo con los ojos bien abiertos y esperando una respuesta de mi parte que nunca llegó.
Si el chisme venía por parte de Pedro, supe que algo de verdad debía tener. Y confieso que me dio bronca. Al final, yo también había sido una joven profesional y el pase nunca me había llegado. Siempre me tuve que acomodar a las circunstancias y todavía seguía esperando. En ese momento resonaron en mi cabeza unas palabras irrepetibles que mi jefe me había dicho una vez: “tenés que mejorar la actitud, marketing personal es lo que te falta”. Se me hizo un nudo en el estómago.
Pero para sorpresa de todos ese pase nunca llegó. A la semana, Diego, harto de esperar, dijo basta. Un viernes se despidió de todos y nos contó con una sonrisa orgullosa que ese era su último día, porque el lunes comenzaba a trabajar en otra empresa, con el doble de sueldo y con un proyecto de carrera en el Dpto. de Marketing.
Me reí por dentro y lo felicité. Me imaginé la cara de mi jefe al enterarse. Diego su preferido, el rey del marketing personal, lo mejorcito del sector lo dejó de un momento a otro, cansado de esperar falsas promesas.
Pensé en mi. Comprendí que no me sirve de nada enojarme ante las actitudes de los demás porque son distintas a las mías. Somos diferentes. Y entendí que para conseguir un cambio no tengo que seguir esperando que se haga justicia. Quizás deba replantearme qué es lo que quiero y salir a buscarlo con los ojos bien abiertos y siendo fiel a mi misma. Porque si bien soy mujer, no es mi estilo usar minifalda, ni pasar mas tiempo del necesario sentada en la oficina del jefe hablando pavadas, mientras le muestro mi escote y demuestro ser quién en verdad no soy.