martes, 5 de agosto de 2008

Una mala elección

Domingo por la mañana. Abrí el diario y fui directo a los pedidos de personal. En ese momento estaba trabajando, pero la tarea que hacía no me gustaba y la zona de trabajo era de temer. Necesitaba un cambio y estaba dispuesta a encontrarlo.
Segunda página, abajo a la derecha. Empresa solicita Lic. en Comunicación, lugar Puerto Madero. Excelentes condiciones de contratación. Enviar CV indicando remuneración. “Esto es para mi”.
No recuerdo cuánto tiempo pasó, pero me llamaron para tener una entrevista. Primero me atendió una chica, tenía un brillo labial tan pegote que el pelo se le pegaba constantemente. Luego se sumó otra con una mirada especial. Ella era la nueva
Gerente Comercial. Después de haber respondido todo el repertorio de preguntas, me dijeron “te estamos llamando”.
Pasaron dos meses y un día me llamaron. Luego de dos entrevistas más, el psicotécnico y el análisis, había conseguido un nuevo trabajo.
Mi primer día fue como son todos los primeros días. Me presentaron como lo que era: la nueva. Luego de saludar a mis nuevos compañeros, me explicaron las reglas de convivencia;
- Podés tomar te o café, siempre y cuando lo lleves a tu escritorio sobre la bandeja azul que está al lado de la cocina. No transportes la taza sin bandeja, porque podrías ensuciar la alfombra nueva.
- Se ficha la entrada, la salida y la media hora de almuerzo. Un minuto tarde, y se descuenta el presentismo.
- Siempre atendé los teléfonos que suenan, no importa de quienes sean. Atendelo.
- No podés enviar mails, ni hacer llamadas personales. ¡Jamás!
Como no tenía escritorio, me sentaron, cuán planta decorativa, en uno desocupado. Era de un tal García que estaba ausente por enfermedad. Cuando llegó la Gerente me saludó con una sonrisa cordial y esa mirada especial. Le correspondí con la misma sonrisa, pero no pude evitar bajar la vista y mirar sus pies. No eran sus pies los que me llamaban la atención, eran los zapatos que tenía puestos. Todavía los recuerdo. Rojos. Con dos pulseras atadas al tobillo con hebillas doradas y un infinito taco aguja. “Esos tacos se podrían clavar en la alfombra nueva”, pensé.
Ese día entré a su diminuta oficina por primera vez. El escritorio estaba plagado de papeles, carpetas de colores, almanaques y velas de leopardo. “Por favor necesito que ordenes esto”, dijo. Acomodé los biblioratos y las carpetas tratando de entender qué tenía que ver eso con las tareas por las que me habían contratado. Pero lo hice sin chistar, contenta, porque pensaba que si mañana se reintegraba García, ya me asignarían mi lugar y empezaría a hacer mi trabajo.
Segundo día de trabajo, casi ficho 9.01 porque llegar a la zona moderna de Puerto Madero no era la gloria. Claro, si tenés auto es una cosa, pero caminar desde Catedral es otra. Mi primera tarea fue llamar a un zapatero, porque parece que a mi nueva jefa se le había roto el taco de uno de los zapatos rojos la noche anterior. Luego, comencé a aprender el trabajo de mis compañeras, saber qué hacía cada una me llevó un día. Las chicas eran macanudas y vislumbré en la mayoría un dejo de hostilidad hacia la Gerente, pero preferí no preguntar. Una de las chicas se ocupaba de la comunicación institucional, otra era la responsable de la revista mensual y una tercera se dedicaba a la organización de eventos. Me llamó la atención que las tres se dedicaran a hacer las tareas por las que yo había dejado mi trabajo anterior y por las que estaba muy ilusionada en desarrollar. Pero con el correr de los días y el transcurso de las semanas, lo entendí. Yo, la nueva, era como un comodín. Atendía los teléfonos, hacía de soporte cuando alguna de las chicas necesitaba ayuda extra y respondía especialmente las necesidades de la nueva Gerente. Y lo hacía sentada entre dos de ellas, en un espacio corto, sin cajonera, pero eso si, con la mejor vista de Puerto Madero.
Una tarde me dejé llevar por una gaviota que sobrevoló el río. Recordé mi antiguo trabajo, mis compañeros, mi escritorio en ele con tres cajones, el dispenser de agua caliente y fría, el sacrificio que hacía en llegar hasta allá, el olor a basura que había desde la parada de colectivo a la entrada a la empresa. ¡Cómo me quejaba! ¡Pero qué cómoda me sentía! Me dieron ganas de llorar.
Esperé el momento más adecuado para hablar con ella. Mi nueva jefa, la de los zapatos rojos, estaba siempre de mal humor. El día que le hablé y le dije lo que me pasaba, puso esa mirada especial que tenía el día de la primera entrevista.
Me dijo que así eran las cosas ahora, que tuviera paciencia, que estaba reorganizando todo y como yo era nueva me necesitaba para cubrir otras tareas.
Mientras hablaba me detuve en esa mirada… era fría, vacía y mentirosa.
Pasaron tres meses y nada había cambiado. Las ganas de llorar me sorprendían cada vez más seguido. Ya no soportaba los teléfonos, las lágrimas dobles en jarrito que me pedía la loca de mi jefa, la bandeja azul de plástico, la alfombra pedorra, las ocho horas que pasaba en ese lugar.
Me sentí la peor gata flora, la más complicada y desafortunada. Maldije la mala suerte, maldije la poca visión para elegir un trabajo.
Hasta que un día dejé de lamentarme y barajé de nuevo.
Domingo por la mañana. Abrí el diario y fui directo a los pedidos de personal.

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