Me llamaron de la recepción. Dejé lo que estaba haciendo y acudí de inmediato. Marianita, la recepcionista, estaba eufórica y tenía una mirada picaresca que todavía recuerdo. “Llegó esto para vos”, dijo y me entregó un ramo de rosas blancas. "Las trajeron de la florería, ¿te las manda tu novio?”, preguntó. “No, imposible, yo no tengo novio”, respondí, mientras arranqué de un tirón, el sobrecito que estaba abrochado al papel celofán. “Gracias, Marian”, di media vuelta y me fui. Apoyé el ramo sobre el escritorio. Las rosas eran frescas, delicadas, dulces, hermosas. El sobre contenía una tarjetita color arena en donde decía: “Para la más bonita, tu admirador”.“Bueno, bueno, ¿en qué andarás?”, dijo mi jefe en un tono tan alto de voz, que en medio minuto estaba rodeada por algunos compañeros. ¡Pero que chusmas!, pensé. Me puse colorada, no lo pude evitar. Era verdad que no tenía novio, pero quizás lo estaba por tener. Guardé la tarjeta en mi cartera y puse el ramo a un costado. Cuando me aseguré de que todos habían regresado a sus actividades, tomé el teléfono y marqué su interno. “Muchas gracias, son hermosísimas”, dije. Pero del otro lado sólo hallé duda y desconcierto. “¿De qué me estás hablando?”, preguntó Federico.
“¿Cómo… no fuiste vos quién me envió el ramo de rosas?”
Federico trabajaba en la empresa pero en otro edificio. Yo había escuchado sobre él -cosas no muy buenas- pero nunca antes lo había visto, hasta aquel lunes que me lo presentaron; Federico comenzaba a trabajar en nuestra oficina. Antes de cruzar una palabra me pareció un rico chico, después de hablar, insoportable. Tipo arrogante si los hay, creído como el sólo, pensé.
Al mes estábamos saliendo. Solita me enganché en sus peleas, en los jueguitos que hacía para fastidiarme, hasta que terminé perdiendo una apuesta y aceptando ir a bailar. Por ser una primera salida, fue muy divertida; por esa razón, las comenzamos a repetir.Nadie en la oficina sospechaba de nuestro romance. Reconozco que guardo buenos recuerdos de ese momento. Lo oculto tiene un sabor muy especial.
Cuando ese día, recibí el ramo de rosas blancas supuse, por lógica, que se trataba de Federico. Pero me equivoqué; ¿quién podría ser "tu admirador"? Pasaron las semanas y si mal no recuerdo era viernes cuando Mónica me llamó desde la recepción. Marianita estaba enferma y ella la cubría por ese día. “Llegó esto para vos”. Era otro ramo de flores; margaritas amarillas. También mis preferidas, es que amo las flores. Como pensé que era Fede, pasé apropósito por su escritorio y le guiñé un ojo con complicidad, pero su cara me lo dijo todo. ¡Otra vez el admirador! La tarjetita era blanca y además de las iniciales de la florería, decía: “Para la más bonita, esta tarde te llamo. Tu admirador”. Guardé con rapidez la tarjeta en el bolsillo del pantalón. Ya no me agradaba tanto misterio. A parte, Fede estaba furioso, su ego ultrajado; ¡cómo podía ser, que alguien antes que él me regalara flores!
Cinco de la tarde, suena mi teléfono; era interno. Atendí con disimulo, seguramente era Fede para arreglar la salida de la noche. Pero no. “Soy Javier Díaz, tu admirador” dijo y eso bastó para dejarme más muda de lo que soy. “¿Tomamos un café a la salida?”
Javier Díaz. Alto, pelo castaño oscuro, algo mayor, de cuentas corrientes. Lo había visto un par de veces en el buffet, pero tenía la costumbre de no devolverme el saludo. En una fracción de segundos que se hicieron interminables, reaccioné. “Muchas gracias. Las flores son hermosas y te agradezco mucho la atención, pero no puedo aceptar la invitación”. Tragué saliva. Fui sincera y políticamente correcta. Es que había comenzado a percibir algo que me molestaba. Javier Díaz, el mismo que me había dejado con el saludo en la boca en varias oportunidades, se estaba haciendo el canchero. ¡Y el tono de voz! Utilizó un tono de voz, como remarcando que yo le debía algo, quizás aceptar el café, por todos los ramos que me había enviado. No lo se.
“¿Esa es tu respuesta? Hagamos de cuenta que nunca te llamé y que nunca te mandé las flores”, refutó ofendido.
Ese fue el final de la historia. Porque Javier Díaz, identificado como “Tu admirador”, me cortó. Y nunca más me saludó. Al menos fue coherente, ¡nunca antes lo había hecho!
Respecto a Federico, nuestro secreto duró un par de meses, hasta que una compañera, experta mequetrefe, nos descubrió y lo hizo voz populi. Pero esta historia la dejo para más adelante.

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