Pasar ocho horas en una oficina no es poca cosa. Resulta que haciendo cuentas, uno pasa más horas en la oficina que en su propia casa. Por consiguiente, uno comparte más tiempo con compañeros que no elige y con jefes que tampoco puede seleccionar.
Un lunes típico en mi vida de oficinista comienza temprano. A diferencia del común de la gente que cumple el horario habitual de 9 a 18, yo trabajo de 11 a 19. Si bien podría darme el lujo de dormir un ratito más, tengo la necesidad de aprovechar la mañana y por eso madrugo.
Primero el desayuno. En mi casa me inculcaron la buena costumbre de desayunar. “Comé tostadas con manteca y miel, que te ayuda a la memoria”, me decía mi mamá, cuando yo rezongaba porque no quería ni te con leche, ni pan, ni tampoco ir al colegio. Después, me pongo las calzas y con el bolso previamente armado, salgo apurada para llegar a la clase de las 8; localizada especial gluteos. Mis amigas me dicen que estoy loca, y quizás lo esté, pero al llegar y darme cuenta que ya quedan pocas colchonetas, comprendo que somos varias las que compartimos esa locura. Es que a partir de los 30 la ley de gravedad comienza a actuar muy rápidamente, a parte, en mi caso personal, me gusta hacer gimnasia.
Después de una ducha calentita en el vestuario del gimnasio, salgo rumbo al trabajo.
Subte D demorado, “¡malditos subtes!”, pienso, “¿qué hago, espero o camino hasta Barrancas y me tomo el tren?” Como soy bastante impaciente y la cantidad de gente acumulada en la estación me abruma, elijo la segunda alternativa. Mientras camino con el hombro entumecido por el bolso, que contiene la toalla mojada, las ojotas, la ropa sudada, el taper para el medio día, el libro, la crema, el ipod, y la billetera; pienso qué hay en el freezer de casa para improvisar la cena cuando llegue a la noche. Si viviera sola, como antes, me arreglaría con una sopita de sobrecito, pero desde que me casé tengo que cocinar un plato más digno. Me subo como puedo al tren que viene lleno. Es que viajar en Buenos Aires se volvió caótico en estos últimos años. “¡Y están hablando de las ventajas del tren bala!” En retiro me tomo el otro subte, el C, el más sucio y oloroso de todos, pero el que mejor me acerca a la oficina. Por suerte llego en punto; a las 11 ficho y a las 11.10 estoy sentada atendiendo mi teléfono que ya comienza a sonar. Mientras mi compañera no para de contarme lo que hizo la noche anterior, pienso qué podría estar haciendo si estuviera en casa: podría terminar de leer el libro, arreglar las plantas, llamar a una amiga, hacer las compras para no tener que correr a la noche… Mientras termino de definir la cena, mi compañera me pregunta algo que no logro entender. Y ahí volví a la realidad. Recién habían pasado veinte minutos desde que atravesé la entrada de ingreso de personal. Faltan siete horas cuarenta minutos para poder volver a casa y hacer todo lo que estaba pensando. Pero ahora es momento de cumplir con las tareas administrativas que no me aportan nada, escuchar los comentarios de compañeros que no me causan gracia, saludar a mi jefe con una cordial sonrisa mentirosa. Todo eso con la única motivación de llegar a fin de mes para cobrar el sueldo. Y la esperanza de que sea un lunes tranquilo, en donde el tiempo vuele hasta las siete menos cuarto de la tarde, hora de imprimir el informe final, mandar un último mail, apagar la compu, ir al baño, enjuagar la tasa y cerrar el cajón con llave. Luego caminar al subte C, combinar con el D, rogar que a esa hora funcione, y pasar por los chinos para comprar algo que acompañe las pechuguitas. Luego encontrarme con la persona que si he elegido para compartir mis días, cenar juntos, charlar un rato, hacer zapping, irnos a la cama y apagar la luz para descansar un par de horas hasta que el reloj suene a las 7 del día siguiente y comience un nuevo día en mi vida de oficinista.
martes, 5 de agosto de 2008
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