miércoles, 6 de agosto de 2008

Ojos bien abiertos

Se llamaba Diego. Diego tenía alrededor de veinti cuatro años y entraba en la categoría de joven profesional en vías de desarrollo. Hasta ahí estamos de acuerdo. El problema que tenía Diego, va, que yo y el resto teníamos con él, era el siguiente: Diego era demasiado chusma. Si se acercaba para saludarte, no tenía ni el más mínimo reparo y clavaba su mirada en la pantalla de tu computadora. El quería saber vida y obra de todos en la oficina. Si justo estabas leyendo algo privado, respondiendo un correo o jugando un solitario, ¡peor! El te sugería como armar la escalera, te aconsejaba sobre cómo pedirle perdón a una amiga o como dirigirte al señor Martinez, Gerente de Planeamiento.
El clásico de Diego era hacerse el solidario y servicial con los compañeros, especialmente cuando algún jefe andaba cerca. Pero cuando este se alejaba, el gran actor volvía a su rutina y te dejaba sola guardando las resmas de papel en el armario, por citar un ejemplo.
Después de compartir tres años de oficina, llegué a la conclusión de que Diego no era malo, si muy chupa media. Diego le chupaba las medias a toda la jerarquía superior, en especial a nuestro jefe. A veces pasaba horas sentado en su oficina charlando de autos y vaya a saber una de qué otras cosas. Un día me di cuenta que a Diego le faltaba ponerse la minifalda, un buen escote en v y ser mujer, claro. El era la típica trepadora calentona, pero en versión masculina. Pero Diego tenía muy claro su objetivo; quería un ascenso o un cambio de sector.
Pasaron tres años. Cada vez más alejado del resto de los compañeros, él seguía al pie de la letra su libreto y no le importaba nada, excepto el logro de su objetivo.
Un día salí del baño y me encontré a Pedro con las manos en la masa; estaba charlando bajito con otro compañero. Lo que verdaderamente hacía era radio pasillo, su especialidad. -¿Te enteraste de la novedad? Parece que a Diego le dan el pase a Marketing- me dijo con los ojos bien abiertos y esperando una respuesta de mi parte que nunca llegó.
Si el chisme venía por parte de Pedro, supe que algo de verdad debía tener. Y confieso que me dio bronca. Al final, yo también había sido una joven profesional y el pase nunca me había llegado. Siempre me tuve que acomodar a las circunstancias y todavía seguía esperando. En ese momento resonaron en mi cabeza unas palabras irrepetibles que mi jefe me había dicho una vez: “tenés que mejorar la actitud, marketing personal es lo que te falta”. Se me hizo un nudo en el estómago.
Pero para sorpresa de todos ese pase nunca llegó. A la semana, Diego, harto de esperar, dijo basta. Un viernes se despidió de todos y nos contó con una sonrisa orgullosa que ese era su último día, porque el lunes comenzaba a trabajar en otra empresa, con el doble de sueldo y con un proyecto de carrera en el Dpto. de Marketing.
Me reí por dentro y lo felicité. Me imaginé la cara de mi jefe al enterarse. Diego su preferido, el rey del marketing personal, lo mejorcito del sector lo dejó de un momento a otro, cansado de esperar falsas promesas.
Pensé en mi. Comprendí que no me sirve de nada enojarme ante las actitudes de los demás porque son distintas a las mías. Somos diferentes. Y entendí que para conseguir un cambio no tengo que seguir esperando que se haga justicia. Quizás deba replantearme qué es lo que quiero y salir a buscarlo con los ojos bien abiertos y siendo fiel a mi misma. Porque si bien soy mujer, no es mi estilo usar minifalda, ni pasar mas tiempo del necesario sentada en la oficina del jefe hablando pavadas, mientras le muestro mi escote y demuestro ser quién en verdad no soy.



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