lunes, 25 de agosto de 2008

El gran banquete

“¡No puedo volver a la oficina!” le dije a Flor, mientras me reclinaba hacia atrás y desabrochaba con disimulo el botón del pantalón. “¡Creo que comimos demasiado!” agregó ella y saboreó el último sorbo de cachamay.

Aquella tarde, después de la comilona, había decidido no mirarme en el espejo. Pensé que si me veía directamente proporcional a como me sentía, estaría impresentable. Y lo peor que puede haber, es una recepcionista que se le cierren los ojos cuando alguien le habla o que se le note el botón desabrochado del pantalón. Así que fui al baño, me lavé la cara con agua fresca para despabilarme y haciéndome la distraída engañé al espejo. Eso sí, respiré hondo, subí el cierre y pasé el botón por el ojal, escondiendo mi barriga bajo el saquito.

Ese día no nos cruzamos en toda la tarde. No sabía si Flor se había quedado dormida en la sala de reuniones o había podido digerir con rapidez todo lo que había comido y estaba concentrada atendiendo a sus clientes.
A pesar de haberme lavado la cara, me sentía tan llena que lo único que quería era tirarme un ratito a descansar. Pero eso era imposible; el trabajo en la recepción de aquel noveno piso no me daba ni un respiro. El tránsito de gente era continuo. Cadetes, gerentes, compañeros de otros pisos, clientes. Y todos eran recibidos por la recepcionista, o sea yo.

El lugar en donde encontrábamos el éxtasis se llamaba Granix. Calculo que era el restaurante de la conocida marca de galletitas. Estaba ubicado justo a la vuelta del banco, sobre Florida. De afuera no decía nada, pero luego de subir unos cuantos escalones estaba el paraíso. Era tenedor libre. ¡Tenedor libre de comida natural! Claro, con esa excusa probábamos todos los platos, algunos hasta los repetíamos; total era comida sana y había que aprovechar el sistema libre.
¡Me pregunto qué vacío intentaba llenar en ese entonces con tanta comida maravillosa! Pero de última, no era la única, Flor tendría el mismo vacío, porque estaba siempre dispuesta a acompañarme.

No recuerdo bien, por cuantos meses fuimos Granix-adictas. Pero si recuerdo cuánto lo disfrutamos. Mientras nuestras curvas fueron tomando formas inesperadas, la amistad con Flor también creció. Y siguió creciendo hasta después de haber seguido caminos diferentes.

Hoy, once años después, ya no existe el restaurante Granix en la calle Florida. Tampoco existe el banco en donde tuve la experiencia de mi primer trabajo. Sin embargo, la amistad con Flor continúa viva. Y cada tanto, cuando nos vemos, solemos recordar aquellos momentos de dicha, de charlas entre plato y plato y mucha complicidad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, solo para decirte que el restaurante está mas vivo que nunca, ahora en el frente de la antigua ubicación, en la galería Guemes...

Vera dijo...

Muchas gracias por el dato, ¡tengo que ir a conocerlo!
Saludos